Thursday, March 20, 2008

Tim Burton

Sweeney Todd un musical en el que Burton no desafina

En un mundo occidental donde el ritmo de moda no pasa de punchis punchis punchis y las letras más profundas hablan de dar gasolina de querer una minina o de lo buena que es una mujer para tirar, da un poco de paz saber que la música sigue siendo un componente fundamental para que el cine siga siendo considerado arte. No sé si séptimo noveno o décimo arte (se tendría que ver ahora que entra dentro de la clasificación de esta palabra tan abstracta y prostituida) pero arte al fin.

El lograr que algunos espectadores queden sumergidos por más de una hora y media en la tan temible sala obscura, absorto por la música e imágenes que proyecta Sweeney Todd, es digno de aplausos.

Es que las letras de la mayoría de canciones que existen en esta película son sarcásticas, con un trabajo de doble sentido que es sutil y que llega a convertirse en un humor, en esa buena papa que no proviene del chiste fácil de Pepito. Como el preguntarse a que sabe la carne de un cura. Debe ser suave y nutriente ya que está libre de pecado, dice la letra, mientras el barbero sangriento va ideando su nueva venganza.

Por supuesto hay lo flojo si no, no tendría sentido este breve relato. Para eso se escribiría a la página web de fans enamorados que tiene Tim Burton. Muchas veces el ritmo del musical es lento y existe el riesgo de caer en la monotonía. La cursilería y el romanticismo también están a la orden del día. Seguramente para aquellos enamorados que se estremecen al oír un hit del género arjonesco.

Johanna tan linda tan hermosa quisiera que estés a mi lado. Se escucha a un marinero que tiene más pinta de galán de grupos como Back Street Boys o Rebelde.

De la imagen, que se puede decir es Burton. Pero para aquellos que no saben quien es Tim Burton no esperen encontrar colores vivos y ositos cariñosos. Burton retrata al Londres gris, oscuro, que te hace sentir e incluso oler la pestilencia de aquellos años en que Europa era una cloaca.

La estética de la violencia se retrata perfectamente en cada corte fino grueso que da el barbero. La sangre brota hasta la cámara, le ensucia al espectador que no se asusta sino que la justifica.

Al final de este drama una lágrima cae, pero no la típica de tristeza sino esas lágrimas que mezclan el bien hecho con el miserables todos. El concepto de la tragedia griega se refleja y te deja ese sin sabor de las buenas películas. Al final no sale fin y sales de la sala con una euforia guardada que te permitirá volver a la triste realidad con un cierto aire de que aún existe magia en aquella sala oscura con tela blanca.

Por: José Candelario

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