En algún momento de las 551 páginas de El pasado (2003) de Alan Pauls, el personaje principal, un tal Rímini, pasa de ser traductor e intérprete a ser entrenador de tenis. Ante semejante tesitura literaria cabe hacerse unas preguntitas: ¿El tenis es como una brizna de pasto? ¿Rímini y Sofía (su novia, una gata 10) son como el semen y la sangre? ¿El arte de la pintura sádica es para suicidarse? ¿Para orar? ¿Las elipsis de Alan Pauls dicen más que su verborrea? Y la última: ¿Hay componte para Alan Pauls?
El libro no tiene casi nada de humor, pero (chucha madre) tiene harta narración y harta narración elíptica. Es decir, narración que no está ahí. El pasado es una muestra de cómo narrar algo. O de cómo narrarlo todo. Dos páginas de cómo la pelota de tenis va de un costado de la cancha a otro, por ejemplo. Un narrador que se respete debe leer este libro. Pero debe también cuidarse de no botarlo por la ventana en un arrebato de furia bíblica. Terrible.
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