Una amiga mía me trajo de México por encargo explícito
Vidas Imaginarias (1894) de Marcel Schwob. Es una edición de 1991, la última que salió en español que yo sepa, prologada por José Emilio Pacheco el crítico erudito de cuentos. El libro es de pasta dura, es colorado y dice claramente que esta edición tiene un tiraje de 3 mil ejemplares. ¡3 mil! Soy un afortunado. Tengo una joya.
Lo primero que pasa cuando uno lee a Schwob es que inevitablemente uno piensa que Borges le copió todito, la tesitura, el estilo, las comas, los puntos, etcétera. Lo dice el mismo Pacheco y hasta lo diría el César Verduga si fuera crítico literario. Es evidente e ineludible la influencia. Pero Borges no era amigo del plagio y era, sin duda, mejor escritor.
Los cuentos de Schwob son de 3-4 páginas a lo mucho y narran las vidas de personajes históricos secundarios que nadie conoce. La narración es muy, pero muy corta, y con las palabras precisas. Adecuadas. Perfectas. Ni una más, ni una menos. “Le mot juste”. Ni una coma más, ni una coma menos. Ni un punto más, ni un punto menos. Ni una comilla más, ni una comilla menos. Todo esto porque la patria ya es de todos.
Los personajes son unos ruines roldosistas pero grecorromanos. Violadores, asesinos, putas, pintores, poetas rencorosos, soldados asesinos. Y todo lo que narra es increíble. No se puede dejar el libro. No se puede parar. Es un GRAN escritor, no solamente un buen escritor. Lo que pasa es que ya nadie lee nada publicado en el siglo XIX. Pero a este hombre hay que leerlo. Es obligatorio.