Ya pasé mi examen con las justas, sendas de la verborrea bailando sobre el canon, confrontación y argumentación no siempre triunfante.
Me leí, como recompensa, la novelita de Humberto Salvador En la ciudad he perdido una novela (1929), primera edición impresa en los Talleres Tipográficos Nacionales de Quito. FULL faltas.
La novela de Salvador es una anti-novela por cuanto es un borrador sobre cómo escribir una novela. Todo está plagado de chistes y burlas a los escritores serios, vanguardia estética no política, cruda y dura, uso del cine, la música, cuadrados y triángulos geométricos, capitulitos separados por un asterisco. Sus digresiones e ideas sobre cómo escribir se mezclan a momentos con prosa poética medio cursi y poco pulida.
Muchos lo nombran junto a Palacio como uno de los pocos vanguardistas del Ecuador. Estoy de acuerdo en la forma y en la tesitura, sin embargo se puede evidenciar claramente cómo depende del canon y no puede escindirse de él (nadie puede): su visión de la mujer –al igual que de la novela— es el fetiche clásico que se puede rastrear desde el carpe diem de Horacio, barnizada por un corte de vanguardia. Victoria, su personaje principal, es precisamente la visión neo-platónica y, aunque se desvanece y tiene mucho poder como el tema central de la novela, se vuelve fetiche. Fetiche que me recuerda a Bécquer pero no a Espronceda que es el más cerdo de todos.
Es obligatorio leerla porque es, ciertamente, una novela original y de ruptura, especialmente bajo la difusa luz de inicios del Siglo XX en Ecuadollllllllllllll.