El Rey de la Habana (1999) de Pedro Juan Gutiérrez es una bomba y una joya. Es un libro picaresco que narra la vida de un joven habanero llamado Reinaldo que tiene una “pinga descomunal”. Al joven Reinaldo se le mueren los padres cuando tiene 13 años. Le meten preso y en la cárcel se pone dos aretes o “perlangas” en el miembro. También en la cárcel se descoca con unos malandrines y le descocan. Después se escapa y roba, culea, mata, culea, bebe, vive en las cloacas, culea, mendiga, culea, mata a su único amor una jinetera habanera y le culea después de que está muerta no una sino dos veces. Después la entierra cavando un hueco en un basurero enorme donde pululan las ratas. Las ratas, que por su tamaño parecen perros salchicha, le muerden, le da rabia y se muere comido por unos gallinazos después de agonizar 6 días.
Más de una vez tuve que parar la lectura y cerrar el libro para evitar el asco, la aversión, la sucia lascivia y, a veces, la risa. Qué buen escritor es este Gutiérrez que obliga por un lado a cerrar el libro con su retinto humor, pero por otro a aguantarse las arcadas del asco infame. La Trilogía sucia de la Habana (1998) será mi próxima adquisición.
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